La presidenta encargada Delcy Rodríguez anunció el viernes una amnistía general en Venezuela, a pocas semanas de asumir el poder tras la captura del ex dictador Nicolás Maduro, y en su discurso sumó el cierre de la cárcel de El Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en Caracas.
Rodríguez informó que el inmueble será transformado en un centro social, deportivo, cultural y comercial destinado a la familia policial y a las comunidades vecinas.

La prisión ocupa el cuarto lugar entre las prisiones con más presos políticos en Venezuela, albergando a más de 50 reclusos. Con una estructura originalmente concebida como centro comercial, El Helicoide comenzó a construirse en la década del 50 en Caracas durante la época de auge petrolero en Venezuela, ha sido descrito por diversas organizaciones como el “centro de tortura más grande de América Latina”.
En 1984, la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP) ocupó el inmueble, que ya presentaba signos de deterioro. Años después, el chavismo transformó la DISIP en el Sebin, cuyas oficinas hoy ocupan los pisos superiores del Helicoide, junto a los despachos de la Policía Nacional Bolivariana (PNB). El edificio cuenta con siete óvalos; el sexto, bajo control del Sebin, alberga celdas, oficinas, cuartos de aislamiento y espacios reducidos que simulan baños, pero en realidad se destinan a prácticas de tortura.

El activista de derechos humanos Lorent Saleh, quien estuvo detenido allí durante cuatro años tras participar en las protestas de 2014, describió el lugar como un espacio marcado por la depravación, la extorsión y el hacinamiento.

El terror en El Helicoide no se limita a venezolanos; extranjeros también han sido víctimas. Joshua Holt, misionero mormón estadounidense, permaneció allí desde 2016 hasta su liberación en mayo de 2018. Durante su reclusión perdió 27 kilos, padeció bronquitis, sarna, cálculos renales y hemorroides, sin recibir atención médica adecuada, salvo una inyección de analgésicos. Su esposa fue sometida a torturas para forzar una confesión en su contra: “Fue lo más cercano al infierno (…) Tenemos suerte de haber salido con vida”, relató Holt desde su casa en Riverton, Utah.