En la era de lo digital y de los cambios en estilos de vida, ha emergido un fenómeno que mezcla lo adulto con lo infantil, y que curiosamente está ganando muchos seguidores: los llamados kidults; adultos que conservan gustos, hobbies y consumos tradicionalmente asociados a la infancia o adolescencia.

¿Quiénes son los ‘kidults’?
El término kidult (fusión de kid = niño y adult = adulto) describe a personas que, siendo ya adultos; normalmente entre los 25 y los 45 años, siguen disfrutando de juguetes, videojuegos, figuras de colección, cómics, series y otros productos marcados por la nostalgia o la cultura pop.
Este perfil incluye tanto a quienes comparten afición con sus hijos o sobrinos como a quienes dedican parte de sus ingresos, tiempo libre y espacio personal a estos intereses “infantiles”.

¿Por qué es tan popular este fenómeno?
Son varias las razones que explican su auge. En primer lugar, la nostalgia juega un papel clave: revivir gustos, objetos o experiencias de la infancia, aporta consuelo, alegría y una vía de escape de la rutina.
Además, la industria lo ha visto venir: los adultos ya no solo compran para niños, sino para sí mismos, lo que ha abierto todo un nicho de mercado.

Una economía que crece
El impacto comercial es considerable. En España se estima que el 29 % de las ventas del sector juguetero ya van destinadas a estos adultos kidults.
En América Latina, perfiles de adultos entre 25 y 45 años invierten entre 500 y 800 dólares al año en objetos coleccionables y productos nostálgicos.
Empresas del sector (juguetes, figuras de colección, moda, cultura pop) están adaptando sus productos —ediciones limitadas, colaboraciones, marketing digital dirigido— para atraer este nuevo público.

Más allá de los juguetes
El fenómeno kidult no se limita únicamente a juguetes. Moda, diseño, alimentación, videojuegos, decoración, e incluso ocio (parques, cafés de cereales, experiencias “infantiles” para adultos) están captando a este público que mezcla responsabilidad adulta con deseo de juego. Esto refleja que la frontera entre la infancia y la adultez se difumina cada vez más en cuanto a gustos y consumo.