En un mundo hiperconectado, saturado de estímulos y dominado por algoritmos, distintas señales culturales anticipan un giro inesperado: el regreso de prácticas analógicas, el cuestionamiento del modelo influencer y una relación más ambigua con la tecnología y el consumo.
Uno de los fenómenos que empieza a generar debate es la reaparición del cigarrillo tradicional como objeto cultural. Aunque no se trata de una reivindicación masiva del tabaquismo, sí se observa un desplazamiento simbólico: frente a los vapeadores y dispositivos electrónicos, el cigarrillo vuelve a aparecer en producciones audiovisuales, moda y redes sociales como un gesto estético, asociado a lo retro, lo rebelde o lo contracultural.

El fenómeno no está exento de polémica, especialmente por su impacto en salud pública, pero refleja una tendencia más amplia: el atractivo de lo “imperfecto” frente a lo tecnológicamente optimizado.
En paralelo, los teléfonos simples o “dumb phones” comienzan a ganar terreno entre jóvenes y adultos que buscan reducir la dependencia digital. Estos dispositivos, limitados a llamadas y mensajes, se convierten en una respuesta concreta al agotamiento mental provocado por las pantallas, las notificaciones constantes y la exposición permanente. Más que una moda pasajera, el minimalismo tecnológico aparece como una declaración de principios: menos conectividad, más control del tiempo propio.

¿El fin del influencer tradicional?
Otro cambio cultural que asoma con fuerza es el surgimiento de los llamados “exfluencers”. Se trata de creadores de contenido que deciden abandonar total o parcialmente las redes sociales, cansados de la presión por generar engagement, monetizar su vida cotidiana y sostener una identidad digital permanente. En 2026, esta renuncia empieza a ser vista no como un fracaso, sino como una forma de éxito alternativo.
Este fenómeno convive con una transformación del marketing y el entretenimiento: las marcas exploran nuevas narrativas, mientras que el público se muestra cada vez más escéptico frente a la publicidad encubierta y los discursos aspiracionales. La autenticidad, o al menos su apariencia, vuelve a ocupar un lugar central.

Cultura pop, nostalgia y participación
La industria cultural también refleja estos cambios. El entretenimiento se vuelve más participativo, con comunidades de fans influyendo en historias, personajes y universos narrativos. Al mismo tiempo, crece el peso de la nostalgia como motor creativo: remakes, estéticas del pasado y referencias a décadas anteriores funcionan como refugio frente a la incertidumbre global.
En conjunto, estos movimientos no implican un rechazo absoluto a la modernidad, sino una revisión crítica del rumbo cultural de los últimos años. El 2026 se perfila así como un punto de inflexión, donde lo viejo y lo nuevo conviven, se tensionan y se resignifican.
Más que una moda, estos cambios revelan una pregunta de fondo: cómo vivir, consumir y vincularse en un mundo que avanza cada vez más rápido, pero donde el deseo de pausa, desconexión y sentido vuelve a ganar protagonismo.